El gobierno de Javier Milei atraviesa una fase de desgaste político acelerado, marcada por la parálisis legislativa, la pérdida de respaldo de aliados y una creciente presión del establishment económico, en un contexto donde la agenda de reformas aparece virtualmente frenada.
A poco más de un mes del inicio del período ordinario, el oficialismo no logró consolidar mayorías en el Congreso y ya postergó sin fecha una sesión clave en el Senado. Proyectos centrales —como la reforma electoral, cambios en la legislación de discapacidad o iniciativas sobre propiedad privada— quedaron sin tratamiento efectivo, en medio de rechazos tanto de la oposición como de bloques que hasta ahora funcionaban como aliados circunstanciales.
La advertencia de Patricia Bullrich sintetizó el escenario: “no están los votos”. Aun así, la Casa Rosada avanzó con iniciativas sin consensos previos, una estrategia que profundizó el aislamiento parlamentario y dejó al oficialismo sin capacidad real de imponer su agenda.
El foco de tensión también se trasladó al frente político. Mientras el Gobierno intenta sostener su programa, referentes del PRO como Mauricio Macri comenzaron a activar armados propios, en paralelo a movimientos del empresariado. La reunión entre Macri y Paolo Rocca dejó expuesto un malestar creciente en el llamado “círculo rojo”, donde ya no predominan los respaldos sino las dudas sobre la sustentabilidad del modelo.
Ese cambio de clima se da en simultáneo con señales económicas contradictorias. Si bien el Gobierno sostiene el ancla fiscal y una desaceleración inflacionaria, los indicadores de actividad y consumo continúan en terreno negativo. La caída interanual de la economía, el retroceso en ventas minoristas y el débil crecimiento del crédito alimentan interrogantes sobre la capacidad de recuperación en el corto plazo.
