La historia de Alicia Argañaraz condensa el drama silencioso que atraviesan muchas familias argentinas golpeadas por los consumos problemáticos. Tiene la voz quebrada, las manos inquietas y la mirada suspendida en recuerdos que todavía le duelen. Nunca imaginó, dice, que iba a cerrar con llave la puerta de su casa para impedirle el ingreso a su hijo, ni que terminaría llamando a la Policía para que se lo llevaran. Mucho menos pensó que aquel adolescente que cursó la secundaria sin adeudar materias, que participaba en misas y visitaba hospitales para predicar, terminaría arrastrado por las drogas.
Hoy, con una mezcla de miedo, culpa, agotamiento y esperanza, cuenta cómo la adicción desarmó la convivencia familiar y la obligó a tomar decisiones extremas para intentar salvarlo.
Su hijo tiene 19 años y, según relata, el cambio comenzó de manera lenta pero sostenida. Primero notó modificaciones físicas. “Lo veía flaquito. Le dije: ‘me parece que tenés alguna enfermedad’”, recuerda. Después llegaron otras señales: ojos apagados, cambios en las manos, ausencias, sueño permanente y un carácter cada vez más agresivo. Una profesora le advirtió que el joven se dormía en clase y que, aun estando en sexto año, se escapaba del colegio. Con el tiempo, las sospechas se transformaron en una certeza dolorosa.
La violencia se instaló dentro de la casa. Alicia enumera escenas que, asegura, hicieron imposible la vida familiar: roturas de ventanas, placares y ventiladores, agresiones a su hija y actitudes intimidantes hacia ella misma. “Después ya le pegaba a la hermana y se puso atrevido conmigo”, relata. En medio de discusiones y crisis, el muchacho alternaba entre la vivienda de su madre y la de su padre, pero cada regreso, según cuenta, empeoraba el cuadro.
“Llegó un momento en que no me hacía caso. Decía ‘lo mato o me mato yo’. Ahí le dije que se fuera”, recuerda. Actualmente, el joven vive en una construcción ubicada en el fondo de la casa de su abuela.
La mujer admite que la decisión de no abrirle la puerta ni siquiera para darle un plato de comida es una de las más dolorosas que le tocó tomar. “No le abro ni para darle un plato de comida. Me duele muchísimo, pero si él quiere cambiar, tiene que decidirlo”, sostiene. Dice que durante años dejó asentadas en la Policía cada una de las situaciones de violencia porque la convivencia se volvió insostenible. También carga con el juicio de otras personas que cuestionan la dureza de su postura. “Me dicen que después voy a llorar si le pasa algo. Pero el amor también es poner límites”, responde.
Alicia cree que el consumo de su hijo se profundizó tras la muerte de su esposo, ocurrida hace seis años, aunque hoy reconoce que tal vez había señales previas que no supieron advertir. “Ahora consume de todo”, resume. Sin embargo, debajo de la devastación, asegura seguir viendo al hijo que fue.
Guarda como un tesoro un mensaje que él le envió de madrugada, en el que le dice que la ama y que algún día saldrá de esa situación. Ella le contestó con una frase que todavía la conmueve: “Cuando me necesites, buscame y vamos a salir juntos. No dejes páginas en blanco en el libro de tu vida”. Aunque intenta mostrarse fuerte, admite que vive en estado de alerta. “Uno ya se prepara para cualquier cosa. Tengo miedo de que se mate, de que venga a apedrear la casa, de volver a llamar a la Policía”, confiesa.
En medio de esa angustia, encontró un espacio de alivio en los grupos de acompañamiento para familias atravesadas por consumos problemáticos. Cada lunes por la siesta asiste al Cepla de Villa Luján, un Centro de Atención Primaria en Adicciones que depende de la Secretaría de Adicciones de la provincia, dentro del Ministerio de Desarrollo Social. Allí, junto a otras madres y un padre, comparte una experiencia que se repite con matices pero con un mismo trasfondo de dolor. “Vengo acá y me ayuda muchísimo. Porque uno entiende que no está solo”, resume.
En ese ámbito, la frase “llegamos destruidas” se escucha una y otra vez entre silencios, llantos y miradas agotadas. Son madres que aprendieron a dormir con un ojo abierto, a esconder la billetera, a convivir con llamadas de madrugada y con el miedo permanente de que sus hijos no regresen. Algunas cargan décadas de consumo, robos, internaciones, violencia o cárceles. Otras apenas comienzan a sospechar que algo no está bien. Todas comparten la sensación de haber atravesado la mayor parte del proceso en soledad.
En una sala sencilla, con una mesa y varias sillas, esas familias empezaron a ponerle palabras a un sufrimiento que durante años quedó encerrado puertas adentro. En ese contexto, el secretario de Adicciones de la provincia, Lucas Haurigot Posse, advirtió que en los últimos años creció con fuerza otra problematicidad: las adicciones sin sustancias, entre ellas el juego y las apuestas. “Cuando se habla de esta problemática la gente se moviliza mucho, porque nadie quisiera pasar por esto. Pero cuando le ocurre, no sabe dónde recurrir”, explicó. Y añadió: “A cualquiera le puede pasar tener un hijo o una hija con problemas de consumo. Por eso estos espacios son importantes”.
Las profesionales que coordinan el grupo aseguran que uno de los ejes más difíciles del trabajo es desarmar la culpa de las familias. La psicóloga Luisa Fernández, directora del Centro de Referencia en Adicciones sin Sustancias (CREAS), que funciona dentro del Cepla de Villa Luján, explica que muchas veces los padres atraviesan años de manipulación sin advertirlo. “El hijo pide plata porque perdió el trabajo, porque chocó el auto, porque tuvo un problema. Y los padres creen que son desgracias reales. No se dan cuenta de que muchas veces la enfermedad también consume a toda la familia”, señala. En ese espacio se trabaja sobre una idea incómoda pero central: poner límites también puede ser una forma de ayuda. “Cuando los padres dejan de sostener económicamente el consumo o dejan de encubrir ciertas situaciones, muchas veces recién ahí aparece la posibilidad de iniciar un tratamiento”, plantea.
No siempre es un aprendizaje rápido. Nené, otra de las madres que participa del grupo, asegura que lleva 30 años viviendo “en un infierno”. Su hijo empezó a consumir a los 13 años y hoy tiene 39 y está preso. Durante todo ese tiempo, ella buscó respuestas en juzgados, hospitales y oficinas públicas, armó grupos improvisados de padres desesperados, gestionó internaciones y consultó psiquiatras, psicólogos y abogados. “Yo hice todo para salvarlo”, dice, mientras repasa décadas de desgaste sin descanso.
La ludopatía también atraviesa otras historias. Marta cuenta que llegó al grupo desesperada cuando descubrió que su hijo de 42 años acumulaba deudas millonarias por apuestas. “Se jugó los sueldos, préstamos, tarjetas. Yo no entendía nada”, relata. La situación se destapó cuando él sufrió una descompensación nerviosa. Recién entonces confesó que había empezado a apostar durante la pandemia. “Después, con el diario del lunes, uno empieza a recordar señales. Pero en el momento no lo ves”, reconoce. En el espacio de acompañamiento, aprendió una regla básica para intentar frenar el problema: no darle dinero en efectivo. “Hasta para el peluquero le hacemos transferencias”, explica.
Otra dimensión que aparece de manera reiterada en los testimonios es la relación entre los consumos problemáticos y los trastornos de salud mental. Las profesionales del Cepla advierten que, en muchos casos, las familias logran pedir ayuda recién cuando la situación estalla y se vuelve inmanejable. Y aun cuando dan ese paso, se enfrentan con otra barrera: la dificultad para acceder de manera rápida a atención en salud mental. “Hay guardias psiquiátricas que no funcionan las 24 horas”, señalan, al tiempo que cuestionan la escasez de especialistas y la demora para conseguir turnos.
Nora Díaz, madre de un joven de 18 años, cuenta que su hijo comenzó a consumir a los 14. Durante mucho tiempo intentó llevarlo a psicólogos, psiquiatras y hospitales, pero él asistía enojado y se negaba a hablar. Después llegaron los robos, la violencia, las noches fuera de casa y una convivencia dominada por la desconfianza, el agotamiento y la desesperación. “Yo jamás pensé que iba a tener un hijo con problemas de consumo. Pero le puede pasar a cualquiera”, concluye.
Las historias de Alicia, Nené, Marta y Nora exponen, desde distintos lugares, un mismo drama: el de familias que intentan sostenerse mientras la adicción desarma vínculos, vacía casas, profundiza la culpa y obliga a tomar decisiones que lastiman. En Tucumán, los grupos de acompañamiento del sistema público se convirtieron para muchos en uno de los pocos lugares donde ese sufrimiento encuentra escucha, orientación profesional y una certeza mínima en medio del caos: que nadie está completamente solo frente a una enfermedad que, cuando irrumpe, arrastra también a todo el entorno.
